jueves, 28 de febrero de 2019

RECORDEMOS A PERON Y SCALABRINI ORTIZ.


EL 1 DE MARZO ES EL DIA DEL FERROVIARIO porque se recuerda la Nacionalización de los ferrocarriles, mediante su ESTATIZACION.
La estrategia de mantener bajo control Estatal Nacional el Transporte, la Energía, las comunicaciones, la Salud, la Educación y la Seguridad Pública, no son meras argucias populistas como pregonan los tilingos neo liberales, sino la esencia misma de “Controlar desde el Estado las Herramientas de la Soberanía Nacional”.
Luchar por la recuperación del modo ferroviario va de la mano con la lucha por la Estatización que se requiere para hacer las inversiones necesarias, ya que se desgrana lenta y lastimosamente el sistema de cargas y se abandona el transporte de pasajeros beneficiando al modo carretero, al caucho y al petróleo, despojando a los pueblos y las economías productivas regionales.
En éste Dia de los Ferroviarios debemos recordar el ejemplo de a Juan Perón que los nacionalizó y es por lo festejamos éste Dia como Nuestro Día y a Raúl Scalabrini Ortiz, quien nos señaló que: ”Luchar es, en cierta manera, sinónimo de vivir”, 
“El que no lucha se estanca, como el agua. El que se estanca, se pudre”.

FELIZ DIA A TODOS LOS COMPAÑEROS FERROVIARIOS

miércoles, 20 de febrero de 2019

PERON: ACTUALIZACION POLITICA Y DOCTRINARIA


“ES LA PEOR GESTIÓN EN TÉRMINOS ECONÓMICOS DE LA HISTORIA ARGENTINA”.

Moreno expresó: “Fate dice que no puede, supermercados Toledo dice que no llega a mayo. ¿Vos te podés imaginar sin Arcor a la Argentina? ¿Sin Molinos Río del a Plata? ¿Sin Aluar? ¿Sin Toledo? ¿Sin producir acero? Todo eso lo vamos a perder en el corto plazo”.

viernes, 8 de febrero de 2019

El odio, un flagelo neoliberal

El gobierno destruyó casi todo: la economía, la cultura, la ciencia y la tecnología, pero el mayor daño realizado, el más difícil de revertir, resulta la promoción e instalación social del odio. Los medios de comunicación concentrados, la voz del poder, estimulan el odio que el neoliberalismo necesita para permanecer. Neoliberalismo-odio constituye una relación indisoluble, en la que sus términos se retroalimentanEl neoliberalismo, basado en la tiranía angurrienta de un poder totalitario y concentrado, pretende un goce absoluto sin distribución y al servicio de minorías privilegiadas.

lunes, 14 de enero de 2019

LA “VERGÜENZA” DE LA AYUDA SOCIAL PÚBLICA


Con “Las Leyes de Pobres” de Inglaterra, en 1834, se sometió a un grupo social a condiciones degradantes y crueles, inspirada en una ideología que consideraba al necesitado como un delincuente, vicioso, inútil.
Las leyes hacían referencia a toda una serie de normas y prácticas que, conjuntamente, formaban un sistema de ayuda legal a los pobres ingleses financiado con impuestos.
¡Con mis impuestos!
En la actualidad, tanto en Argentina como en otros lugares, resulta que los pobres, los desempleados, los jubilados, los que aportaron impositivamente, los que apostaron a creer en la solidaridad intergeneracional y a quienes el Estado tiene que asistir por eventualidades coyunturales, reaparecen como perezosos, improductivos, inmorales, choriplaneros o vagos.
Los vividores de Estado.
A mediados del siglo XX el mundo había cambiado, y pasó de humillar a los pobres, a tratar de devolver el orgullo a quienes por numerosas razones habían quedado relegados de las bondades del crecimiento económico hasta mediados de los setenta.
Fue lo que se llamó el Estado del Bienestar.
Pero de ahí en más se retomó la idea de desmontar el orden social de posguerra, condenar y estigmatizar a quien solicite la ayuda.
Lo extraño, en la actualidad, es la aceptación social de la deshonra por la necesidad, y la reverencia a la opulencia.
A los receptores de la asistencia pública se los considerado como fracasados de la sociedad, en un periodo de desempleo creciente.
Quien no tenga trabajo, está estigmatizado.
Desde los años ‘90, los grandes concentradores del ingreso nos han mostrado que pueden flexibilizar el empleo, bajar los salarios, imponer requisitos laborales inadmisibles, y bombardear la expansión de derechos en general y de género en particular.
Veamos un poco cómo se puede desmontar el Estado de Bienestar y degradar la ayuda pública, con falsos argumentos y consentimiento social.
¿Por qué imaginar que está mal aumentar el gasto público en pensiones, jubilaciones, subsidio u asistencia social, y no en la compra de armamento o el pago de intereses de deuda?
¿Se supone que matar multitudes o solventar a la banca es más provechoso que darle un mejor pasar en su vejez a un anciano?
Solo porque ya no es “productivo”.
El parlamento de Hungría votó en 2018 una ley que extiende de 250 a 400 horas extras al año que los empleadores pueden exigirle a los trabajadores a realizar, y su pago se puede diferir hasta 36 meses (3 años) para abonarlas.
El gobierno húngaro supone que la medida es aceptable, de hecho el parlamento la votó, argumentando escasez de mano de obra en el país, por la firme política anti migratoria.
Esta norma se dio a llamar Ley de la Esclavitud.
Es como si el Estado hubiera dicho “no dejo ingresar a personas que necesitan trabajar, pero puedo abusar de la población en virtud de cuidar a los ciudadanos (nativos) de los inmigrantes”.
Solución poco imaginativa, pero regresivamente distributiva.
¿Llama la atención la palabra -esclavitud- en pleno siglo XXI?
Bueno: existen 45.8 millones de hombres, mujeres, niños y niñas que están atrapados por la esclavitud moderna, según revela el Indice Global de Esclavitud (https://www.globalslaveryindex.org/).
El periodista Alex Tizon (nacido en Filipinas y que siendo niño se trasladó con su familia a Estados Unidos), quien fue ganador del premio Pulitzer, hizo una confesión en el texto titulado nada menos que “La esclava de mi familia”.
Allí narra cómo una mujer filipina, bajo esa condición de servidumbre, atendió a la familia de Tizon durante 56 años, tanto en su país de origen como en EEUU, desde 1943 hasta 1999.(https://goo.gl/6ZBuPF)
Seguramente es un problema de vocabulario.
Quizás tengamos que recurrir a nuevas palabras para expresar esta insania y nos entiendan, porque en realidad las preguntas siguen siendo las mismas.
¿Cómo aceptamos, moralmente, la explotación, la estigmatización y la continua ampliación de la desigualdad?
El mundo estuvo 150 años -un ejemplo en la vida de una persona lo describe Charles Dickens en uno de sus célebres libros a través de Oliver Twist, un huérfano que narra la humillación de la pobreza- hasta los años ‘60, tratando de desarmar la degradación que implicaba la miseria. Malcolm X, líder afro-norteamericano contra el racismo, recuerda en sus memorias cómo los empleados sociales iban a su casa a “examinar” a su familia: “El cheque mensual de la ayuda era su salvoconducto. (…)
Nosotros no entendíamos por qué, si el Estado estaba dispuesto a darnos paquetes de carne, sacos de patatas, y frutas y latas de toda clase de cosas, nuestra madre odiaba aceptarlo.
Lo que comprendí más tarde es que mi madre estaba haciendo un esfuerzo desesperado por conservar su orgullo y el nuestro”.
(Algo va mal, Tony Judt. Pag. 24).
Entre las dos guerras mundiales, gran parte del resto del mundo afrontaron una serie de desastres sin precedentes que eran obra del ser humano.
La I  Guerra Mundial, la peor y más intensamente destructiva registrada hasta ese momento en la historia, fue seguida de epidemias, revoluciones, el fracaso y la quiebra de Estados, el desplome de monedas, y el desempleo a una escala nunca vista por los economistas tradicionales.
Estos acontecimientos precipitaron la caída de la mayoría de las democracias del mundo hacia dictaduras autocráticas, o en Estados de partidos totalitarios de distinta índole que llevaron al globo a una II Guerra Mundial incluso más destructiva que la primera.
El Estado empezó a dirigir la economía para garantizar los suministros de guerra, las necesidades de producción.
La planificación estatal, con posterioridad, tuvo que intervenir para redireccionar la producción para la paz. Invirtió en la reconstrucción de los países y en la protección de las economías, subsidió y reguló las producciones y las innovaciones técnicas, etc.
“A la «clase media» educada se le ofreció la misma asistencia social y servicios públicos que a la población trabajadora y a los pobres: educación gratuita, atención médica barata o gratuita, pensiones públicas y seguro de desempleo. (…)
En esto consistía la «meritocracia»: en que, gracias a la aportación del erario público, pudieran abrirse las instituciones de la élite a una masa de aspirantes. (Idem anterior, pag. 39).
En las tres décadas que siguieron a la guerra, economistas, políticos, comentaristas y ciudadanos coincidían en que un gasto público alto, administrado por las autoridades nacionales o locales con libertad suficiente para regular la vida económica a distintos niveles, era una buena política.
A quienes no estaban de acuerdo se les consideraba curiosidades de un pasado olvidado -ideólogos irracionales que buscaban hacer realidad sus entelequias- o egoístas defensores del interés privado por encima del bienestar público.
El mercado seguía ocupando su lugar, el Estado desempeñaba un papel.
“Así, estamos condenados a confiar no solo en personas que no conocemos hoy, sino en personas que nunca pudimos conocer y que nunca conoceremos, con las que mantenemos una compleja relación de interés mutuo.
Si aumentamos los impuestos o emitimos un bono para costear un colegio en nuestro distrito, es muy posible que los principales beneficiarios sean otras personas (y sus hijos)” (Ibidem, pag. 58).
Personas que no conocemos serán merecedoras de provechos tales como servicio de trenes, investigación, ciencia médica, educación, seguridad social, gastos colectivos, subsidios, etc. etc.
¿Quiénes son esos otros?
Son nuestros abuelos, a quienes les pidieron pasar el invierno con sobriedad, sin gastos, ajustando el cinturón que garantizaría una mejora a las futuras generaciones, o también nuestros padres, a quienes les exigieron sobrellevar los ajustes para un país mejor.
Quizás seamos nosotros mismos, a quienes nos demandan austeridad para salir adelante.
Aunque hasta ahora nadie vio los frutos de la abstinencia, de las penurias ni las miserias.
Pero un día pagamos nuevamente con ajustes por derrochar, despilfarrar, por vivir por encima de nuestras posibilidades.
¿Eso cuándo sucedió?.
Y los años de austeridad, ¿quién se los llevó?
¿Los otros, los que no conocemos, los hijos del vecino, los nietos del ferretero, en los que depositamos nuestra confianza y el pago de impuestos, fueron los que se llevaron los ahorros de los ajustes, de la austeridad, de las miserias?
No.
Se los llevó el 1 % de la población mundial que se queda con el 82 % de la riqueza.
Los mismos que ahora nos han metido en la cabeza que el gasto público es perverso, peligroso y desequilibrante.
Que la intervención estatal y los derechos sociales son dádivas costosas de nuestros gravámenes.
Estamos peligrosamente retomando los códigos del año 1800, de aquéllas Leyes de Pobres, que derivaron en crisis, revueltas, guerras y miserias.
La desigualdad es cada vez mayor y algunos, emisarios delegados de las desgracias, que creen que ser economista es ser simples ejecutores a sueldo de la desigualdad, nos dicen que es lo único que se puede hacer.
Esto no siempre fue así.
Hay que encontrar otras palabras para dar respuesta a las mismas preguntas.
No podemos transmitirles a nuestros hijos, como si fuera una batalla cultural pérdida, que hay que rendir un culto al beneficio material, y despreciar al pobre, al sector público y a la solidaridad.
Alejandro Marcó del Pont 
Lic. en Economía y Magister en Relaciones Internacionales.
Nota publicada en El Tábano Economista 

viernes, 16 de noviembre de 2018

DÍA DEL MILITANTE


“EL DÍA DEL MILITANTE NOS LLEVA A RECORDAR Y VALORAR LA ENTREGA DE QUIENES HAN SUFRIDO PERSECUCIÓN, CÁRCEL Y EL EXILIO, EN AQUELLOS AÑOS QUE FUE PROSCRIPTO EL PERONISMO”

Cuatro meses después de que del presidente de facto Alejandro Agustín Lanusse dijera que a Perón no le daba “el cuero” para volver, a las 11.20 de la mañana, el avión DC-8 de Alitalia aterrizaba en Ezeiza y minutos más tarde, acompañado por José Ignacio Rucci, el General volvía a pisar tierra argentina.
En los días previos del regreso, mediante una publicación en los medios nacionales, el Líder del peronismo dio cuenta de su decisión de volver “… con la mejor buena voluntad, sin rencores, que en mi no han sido nunca habituales, y con la firme decisión de servir, si ello es posible”.
Su retorno, tras 18 años de exilio, dio por cerrado el intento continuista de Lanusse y significó la apertura del proceso democrático, que permitiría el ascenso al poder de Héctor J. Cámpora en marzo de 1973.
Meses más tarde, en octubre de 1973, Perón asumía la tercera presidencia, con el 60 % de los votos, con el proyecto de establecer los principios de un modelo argentino, basado en la unidad. Sin embargo, las peleas intestinas y la complejidad de los tiempos que vendrían fueron un duro golpe para el tres veces presidente, que hacía su último esfuerzo por su patria.
En su último discurso, antesala de su final en esta tierra, el General se despedía de manera especial, afirmando el valor de ese pueblo militante: “Llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”.
El Día del Militante nos lleva en retrospectiva a recordar y valorar la entrega de quienes han sufrido persecución, cárcel y el exilio, en aquellos años que fue proscripto el peronismo.
Esta jornada de recordación está dedicada a los que día a día ofrendan su esfuerzo en pos del bien común, tendiendo una mano sin mirar a quién, revalorizando la labor política. Esa tarea en muchas ocasiones es un camino de sinsabores.
El adoctrinamiento es también el legado de Perón, navegar en las aguas sin el consejo de los mayores, sería degastar el empuje de la juventud militante, repitiendo errores que conducen a la desintegración, a la pérdida de identidad.
Los “cuadros” militantes deben proliferar, conducidos hacia la reconstrucción de la identidad peronista. Recuperando la política como expresión única para la libertad de los pueblos y manteniendo viva la llama de la pasión argentina, con el incansable espíritu militante en pos de una comunidad que se realice, en democracia, con libertad e igualdad.
El Día del Militante merece celebrarse por los que creen y mantienen viva la esperanza de cambiar el mundo.

sábado, 20 de octubre de 2018

NEPOTISMO

EL DIPUTADO EDUARDO AMADEO QUE QUIERE ECHAR EMPLEADOS PÚBLICOS POR “VAGOS”, TIENE 10 FAMILIARES EN EL ESTADO
La polémica declaración del legislador oficialista devino luego de los planes de lucha que llevaron a cabo los despedidos en la agencia de noticias Télam y en el Astillero Río Santiago. Sin embargo, se olvidó de contar a sus 10 familiares que se encuentran trabajando como empleados públicos, y los cargos que él mismo tuvo desde los años noventa en adelante.

Los dueños de la pelota

La actual situación de Argentina no sólo responde a la crisis internacional que se disparó luego de la pandemia, que  generó las guerras int...